Vivencias imborrables de Agustín Díaz Cartaya

2018-07-20 08:03:36 / web@radiorebelde.icrt.cu / Heydi González Cabrera

 
Vivencias imborrables de Agustín Díaz Cartaya
Agustín Díaz Cartaya se define a sí mismo como poeta, músico y combatiente eternamente fiel a la Revolución y a Fidel. Su obra cumbre, trascendental: el Himno del 26 de Julio.

Ha escrito infinidad de composiciones y poemas. Tanto la música como la poesía mantienen una línea romántica, generalmente, épica, y ha incursionado en la lírica y la folklórica. 

La historia de su vida sería, sin lugar a dudas, un testimonio dramático que, según afirma rotundo: “No podría jamás escribirlo”. No cabe pensar que su negativa la dicte el olvido ante tantos años de reconocimiento a su lucha, o porque ha vivido rodeado del amor de la esposa, hijos y nietos.

Mas, ¿por qué su negativa? ¿Quizás duele todavía la infancia perdida en la Casa de Beneficencia adonde la miseria obligó a su madre a recurrir? O tal vez, la adolescencia azarosa, la juventud sin perspectiva…Vivencias imborrables que siempre le acompañan.

PUNTO DE PARTIDA

Vivencias imborrables de Agustín Díaz Cartaya

La vieja amistad con un integrante de las células del 26 de Julio en Marianao, facilitó la incorporación de Cartaya al grupo revolucionario. Tenía antecedentes de pertenecer a la Juventud Ortodoxa, a la que sumaba antiguos vínculos con la Triple A, organización que dio mucho que hacer cuando el golpe de estado batistiano. 

-En una ocasión, cuando practicábamos tiro en la finca “Santa Elena” –relata-, Fidel me planteó: “Cartaya, hace falta que hagas un himno para el movimiento”. Él conocía que yo cantaba y componía música. Lo simpático fue que, debido a la compartimentación del secreto, ni imaginaba que él era nuestro jefe, y mucho menos, cuál sería la misión a cumplir.

-La idea prendió en mí. Comencé a trabajar de inmediato, y días después, media hora antes de salir para Oriente, llegó Fidel y tras breves intercambios, me pregunta cómo va el himno. Con mi mejor sonrisa respondí: “Ya está terminado”. Vi el entusiasmo en su rostro, e interés en escucharlo.

Como en esa casa había dedicado todo mi tiempo a componerla, los integrantes de nuestra célula pudieron entonar conmigo lo que llamé Marcha de la Libertad. Era el 24 de Julio de 1953, a pocas horas de los asaltos a los Cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo.

Esta primera versión constaba de cuatro estrofas. La tercera era diferente a la que hoy posee:

Marchando, vamos hacia un ideal,
Sabiendo que hemos de triunfar,
En aras de paz prosperidad
Lucharemos todos por la libertad.

Adelante, cubanos, 
Que Cuba premiará nuestro heroísmo,
Pues somos soldados que vamos a la Patria a liberar,
Limpiando con fuego que arrase con esa plaga infernal
De gobernantes indeseables y de tiranos insaciables
Que a Cuba han hundido en el mal.

*La muerte es victoria y gloria que al fin
la historia por siempre recordará.
La antorcha aurora sembrando va
Nuestros ideales por la libertad.

El pueblo de Cuba,
Sumido en su dolor se siente herido
Y se ha decidido a hallar sin tregua una solución
Que sirva de ejemplo a esos que no tienen compasión
Y arriesgaremos decididos por esa causa hasta la vida,
¡Qué viva la Revolución! 

Cuando terminamos de cantar, Fidel resplandecía. Estaba muy contento.

Al poco rato partimos en cuatro automóviles. Al llegar, nos hospedamos en el gran Casino, un hotelucho situado cerca del cuartel Carlos Manuel de Céspedes. Ocupábamos siete habitaciones, y una vez dentro, nadie podía salir por estrictas medidas de seguridad.

-Los problemas comenzaron cuando nuestro jefe autorizó a Elio Rosete para que saliera unos minutos. Ese hombre, clave a la hora de la ejecución del ataque, no volvió. Desconocíamos la magnitud del incidente, y estábamos muy tensos. A las 12 de la noche nos ordenaron vestirnos con uniformes. Faltaban pocas horas para la acción.

-Éramos 26 hombres armados con escopetas calibres 12, 16 y 22. Otros traían pistolas o revólveres. El factor sorpresa se convertía en nuestra ventaja. El plan inicial era que Raúl Martínez –con grados de sargento de la tiranía-, acompañara por la puerta principal a Elio Rosete, sujeto muy conocido por la soldadesca, y que se encargaría de presentar a Raúl para que le dejaran pasar la noche allí.

-Si ese propósito no se cumplía, Raúl encañonaría al guardia de la posta, obligándolo a abrir para que nosotros entráramos a los dormitorios llenos de soldados. Otra parte de grupo completaría la acción.

-Raúl se reunió con los demás jefes, discutieron varias medidas, y aunque lo más sensato era cambiar la estrategia, no razonó.

-Esa noche, muy pocos dormirían, reflexionando sobre todo lo que podría ocurrir. Ahora la táctica era otra. Nos iríamos por la parte posterior de la guarida batistiana, protegidos por la oscuridad. Cruzaríamos por debajo de la cerca de alambres y los sorprenderíamos.

-A las 5 y 15 de la madrugada, hora dispuesta por Fidel para el ataque al Cuartel Moncada, iniciamos la acción. Todo estaba tranquilo. Solo había 12 soldados dentro y ocho dormían en la barraca; los cuatro restantes eran el sargento, las dos postas y el cocinero. Sin dificultad llegamos al fondo de cuartel y pasamos por debajo de los alambres, pero un obstáculo inesperado detuvo a la primera avanzada: tropezamos con un montón de latas vacías. El soldado de la posta dio el alto.

-Por respuesta, recibió un certero disparo. Allí mismo empezó el tiroteo. Una ametralladora se hizo sentir. No podíamos sacar la cabeza y nuestras escopetas poco podían hacer. El armamento enemigo era superior, y todo el cuartel estaba despierto. Comenzamos a retirarnos

-Ya en la calle nos siguió un yipi de los batistianos, y Ñico López, de un solo disparo, liquidó a uno de los hombres que venía en el carro. Nos dispersamos para evitar los encuentros. No eran todavía las seis de la mañana. 

-Apresaron y masacraron a muchos del grupo. Yo logré evadirme con el dentista Pedro Celestino Aguilera. Fuimos a parar a san Luis, y allí cogimos una guagua que salió para La Habana. Desconocíamos la situación del resto de los compañeros, y eso nos desalentaba. Me adormecí en el ómnibus, pero… en Santa Clara me despertaron. Tenía frente a mí a un teniente del ejército que me mandó a bajar. 

Aguilera no perdió tiempo, y le dijo: “Teniente, este negro es mi criado. Estábamos en los carnavales” Por coincidencia, el militar lo conocía y todo se resolvió.

UNA PALIZA

Cartaya cae preso

Tres días después, miembros del Servicio de Inteligencia Militara (SIM) me detuvieron. Estaban interrogándome cuando llegó un oficial y aseguró que yo no podía ser asaltante al Moncada porque me había visto el día 25 en la barbería, en pleno Marianao. Sugirió que cantara algo al capitán, para que supiera a qué me dedicaba. No perdí tiempo, y al parecer lo convencí. Minutos después estaba en la calle… para ser detenido a la semana siguiente.

-Fui golpeado salvajemente. Fueron tres días consecutivos de torturas. Corregía, orinaba y escupía sangre. Hasta me pasearon por El Laguito y el cementerio, amenazando con matarme, pero no lograron que dijera una sola palabra.

-Cuando menos lo imaginaba, junto con otros compañeros nos enviaron para Santiago de Cuba, justamente al Cuartel Moncada, y de allí, a la cárcel de Boniato.  El día que llegué, los asaltantes del cuartel me dieron una cálida acogida. Más tarde supe por Raúl Castro, que ellos se habían negado a ir al juicio, porque sabían de mi reclusión en La Cabaña y presentían que querían excluirme del proceso penal para asesinarme.

UNA NUEVA ESTROFA

-Lo primero que hice en la cárcel de Boniato, por sugerencia de Fidel, fue cambiarle algunas cosas al Himno. Quería que el recuerdo de los hermanos caídos sirviera de sagrado factor de unidad. Así surgió la nueva estrofa.

La sangre que en Oriente se derramó 
Nosotros no debemos olvidar,
Por eso unidos hemos de estar
Recordando a aquellos que muertos están

En la prisión se aprendieron el himno, y lo cantábamos delante de los carceleros, en los ómnibus que nos trasladaban al Tribuna de Urgencia donde se efectuaban las sesiones del juicio y hasta en la propia sala donde esperábamos la sentencia. Los vecinos de esa zona lo oyeron muchas veces.

Posteriormente, cuando nos conducían para el aeropuerto, o a tomar el avión rumbo a Isla de Pinos, interpretamos la Marcha. Fue algo que consolidó nuestra unidad, en las cárceles y fuera de ellas.

Tiempo después, sustituimos del himno la palabra Oriente por Cuba, y decidimos ponerle definitivamente, Marcha del 26 de Julio

MODELO PRESIDIO

Casi dos años permanecí entre rejas, con el signo de la muerte presente en las torturas a que me sometieron, pero con la convicción de seguir la lucha al precio que fuera.

-El 12 de febrero de 1954, Juan Almeida vio desde una ventana la llegada de Fulgencio Batista y Zaldívar, y corrió a informarlo a Fidel. Al principio no sabían qué hacer para brindarle una lección inolvidable. Por fin se acordó cantar el Himno y gritar ¡asesino!

Cuando Almeida alertó ¡Ya está aquí! Los moncadistas, desafiantes, entonamos la marcha, no tardaron en unírsenos las voces de otros presos.

-De inicio, el tirano creyó que se trataba de una alegre bienvenida pero, en la medida que prestó atención a la letra, empezó a gritar “!Los mato!”.

-Lo demás era de esperar – relata sonriente Cartaya- a la mañana siguiente leyeron un listado: Ramiro Valdés, Oscar Alcalde, Ernesto Tizol e Israel Tápanes. Por ser domingo, algunos creyeron que se trataba de visitas familiares. Nada más lejos: fueron a parar al Pabellón Dos, en celdas individuales de castigo. No tardaron en buscar a Fidel. Después, me tocó a mí.

“¿Así que tú eres el autor de la mierda esa que cantaron al general? Pues ahora tienes que cantar para nosotros. 

-Me negué, y el teniente Perico Montesinos y Cebolla, un condenado a más de 100 años de prisión por asesinatos, y que fungía como “mayor”, se aproximaron.  Resuelto grité: “Si se acercan, les voy a dar”. El asesino miró a los suyos. Mis seis pies y 200 libras de peso, los hicieron reflexionar, y se retiraron.

-A media noche regresaron con refuerzos. Me desnudaron y recibí un aluvión de patadas y golpes de “bichos de buey” hasta quedar inconsciente por largas horas.

LA GRABACIÓN

Agustín Díaz Cartaya en el acto por el 26 de Julio de 1993

Después que abandoné aquel destierro, como le llamo a esos días en el presidio Modelo, todo fue muy difícil. En la calle la situación seguía igual o peor. Por dos veces más estuve en la prisión del Castillo del Príncipe, pero aun allí, aproveché el tiempo, copiando centenares de textos del himno y repartiéndolo entre los presos políticos; de esa forma fue dándose a conocer por el pueblo. 

Un hecho trascendental, de gran valor histórico, resulto la grabación del disco con el Himno del 26 de Julio. Ese mérito correspondió a Carlos Faxas, entonces secretario general de la Asociación de Músicos de Cuba.

La arriesgada misión tuvo fuertes contratiempos. En 1956 logró entrevistarse con un compañero apodado El Chino, quien había estado preso en Isla de Pinos y era expulsado del país. Este tenía el texto de la música, Faxas supo arreglárselas para conversar con él, Burló la policía en el propio aeropuerto y con tremendo riesgo permaneció una hora precisando lo más mínimo de la Marcha. El Chino salió hacia Europa con su encomienda.

-Faxas copió centenares de ejemplares. Difundió la música entre las orquestas, e incluso, se decidió a grabar un disco con acompañamiento de coro y orquesta. Ya a principios de 1957, las condiciones estaban preparadas. Carlos Faxas era jefe de la sección de repertorio de la emisora Radio Cadena Habana. La noche del 14 de febrero, las puertas de la emisora se abrieron para que cuatro voces, tres músicos y el propio Faxas, se concentraran en su objetivo hasta casi el amanecer.

-La grabación se envió al extranjero donde una casa de discos se encargó de su impresión y difusión.

Mientras, las ondas de la emisora guerrillera Radio Rebelde, diariamente dejaban escuchar las notas del himno, yo me mantenía en la clandestinidad, trabajando bajo las orientaciones de la Dirección del M-26-7. En 1958, se decidió que me incorporara a la lucha guerrillera en la Sierra de los Órganos, en Pinar del Río, y allí recibí el amanecer del Primero de Enero.

NUEVO HIMNO 

Al cumplirse el décimo aniversario del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, Fidel se reunió con aquellos combatientes. En esa oportunidad me dijo: -“Cartaya, estás como el compositor de la Marsellesa. Ya tú no haces nada. ¿Qué te pasa?”

-No crea, Comandante –respondí-, tengo algo nuevo: La Marcha de la América Latina.
-Me pidió que la cantara. Apenas la escuchó, vi en su rostro la misma alegría que 10 años atrás, cuando escuchó el otro himno.
-Me gusta esa marcha –señaló-.Oye, Almeida: ¿Qué te posibilidad hay de tocarla mañana en el acto central por el 26?
-Muy pocas Fidel, poquísimas -observó el aludido-. El jefe de la Revolución, como si no hubiera escuchado la respuesta, fue categórico:
-“Está bien, Almeida, entonces, a las 3 de la mañana llévamela a la casa”.

-Ni que decir que desde ese momento nos movilizamos. Buscamos arreglistas, copistas, al coro de la CTC. Lo que hizo alta. Los ensayos se iniciaron de inmediato, y al rato, la grabación. A las 2 de la mañana, Fidel tenía la placa del disco. La Marcha de la América Latina se escuchó por primera vez aquel 26 de Julio del año 1963, en una de las grandes concentraciones de la Plaza de la Revolución.

 

 

 

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